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Camarera sexy

El descanso del guerrero

Ese día no sé qué me pasaba, pero todo me estaba saliendo del revés. Había fracasado en 2 negocios, casi me atropella un coche cruzando la calle, dos facturas pendientes por despistarme en sus pagos, había discutido con un amigo de los de toda la vida, en fin, estaba resultando un día realmente nefasto. Así que decidí entrar en un club a tomar una copa e intentar relajarme un poco, terminar el día al menos en compañía más alegre y procurar olvidar. “Mañana será otro día”.

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El Club era muy acogedor, con sofás dispersos alrededor de mesitas de cristal y algunos focos estratégicamente dispuestos, que iluminaban justo lo suficiente en haces de color azules y rojas. Me senté en la barra y enseguida una estupenda camarera se brindó a atenderme. Era preciosa, de ojos grandes y verdes, con una sencilla camiseta escotada y falda ceñida que le llegaba hasta mitad de sus muslos, unos muslos duros y bien formados. Realmente me había gustado esa chica.

Pronto se acercó una linda mulata de ojos negros y cabello largo y rizado. Me preguntó con voz muy débil y tímida si quería charlar un rato, pero ese día no estaba por la labor. Prefería estar un poco solo y le dije que quizás más tarde, que no se molestara, pero necesitaba estar un rato tranquilo. La chica se fue algo malhumorada y se puso a bailar en una pequeña pista del fondo.

La camarera había presenciado la escena y me miraba sonriente. Era preciosa, y sin más preámbulo le dije que si esa noche quería compañía, no sería con otra más que con ella misma. Le pregunté su nombre. Silvia me dijo que no alternaba con los clientes, pero los pocos que habían ya estaban servidos, así que poco a poco fuimos charlando más a menudo. Ella se dio cuenta de que me gustaba, que la acariciaba con la mirada y que me estremecía a cada movimiento por la barra: su culo perfecto que contoneaba al caminar, su graciosa manera de servir hacia delante, abriéndose su escote y asomando unas tetitas voluptuosas, casi a punto de verse sus pezones, con una gracia calculada. No sé cómo lo conseguí, pero nos marchamos juntos del club de escorts. Seguimos charlando, y poco a poco la fui besando y acariciando, sea en un bar o en una disco, pues fuimos a bailar un rato. Esa noche fue la más fantástica en muchos años y el Club (o Silvia en definitiva), me hicieron olvidar por completo el nefasto día para siempre.

Dafne Scorts

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